Nostalgia

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Personas entran y

Salen de mi vida,

Como de un tren o

Como olas en el mar

Que van y vienen.

Algunas son más fuertes,

Otras casi ni se sienten,

Algunas se ven de lejos y

Algunas pocas dejan marcas que

Perdurarán para siempre.

Una tristeza indescriptible

Al despedirme de cada una de ellas y

Quizás la misma

Todavía no sea completa

Pues el tren sigue andando y

El mar en movimiento.

¿Qué hacer con esta tristeza que

Desarma mi corazón?

¿Qué hacer con esta electricidad que

Recorre mi cuerpo de pies a cabeza y

Destruye mi alma

Cada vez con más énfasis?

¿Qué hacer con éste sentimiento lleno

De lágrimas de mis heridas

Que se abren cada vez más

Hacia una profundidad sin escaleras o

Sin sogas que me ayuden a subir?

Una tristeza que

Se esconde detrás de la felicidad y

La euforia existentes en la superficie.

Una tristeza que se acostumbró

A vivir dentro mío y

De vez en cuando hace derramar algunas

Lágrimas por mis mejillas.

Una tristeza capaz de

Convertirse en agonía cuando

Pienso en otras almas destruir la mía.

A veces siento

Las espadas clavarse

Creando agujeros irrevocables,

Agujeros que todavía

No me animo a describir

Porque sangran con apenas

Un hilo de recuerdo.

Esta tristeza se compensa con

Aquella nostalgia que

Me invade en las despedidas y

En las memorias de las almas

Radiantes de amor.

Otro tipo de tristeza que

En sus filos carga felicidad.

Y es esta última la que

Me reconstruye.

La que me deja

La sensibilidad latiendo y

Las sonrisas iluminando.

Aquella capaz de

Llenar cualquier vacío y

Curar cualquier herida,

Desde unas profundidades que

Parecían invisibles e interminables.

El panorama se vuelve más amplio,

El paisaje más claro,

Los colores más fuertes,

Con esta felicidad que

Se expande por mis venas y

Me llena el alma una vez más.

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Un instante en Croacia

Me desperté esta mañana debido a una luz fuerte que entraba por las ventanas. Antes de cerrar la cortina para tapar la luz que interrumpía mi sueño, saco mi cabeza por la ventana y me quedo contemplando el amanecer que estaba sucediendo. Justo en frente de mis ojos. Justo en la minúscula ventanita del cuarto donde dormía. Justo en ese ángulo. Una suerte pequeña la que me tocó. Otros también estaban despiertos a esa hora, pero sólo yo podía ver lo que ocurría afuera desde esa pequeña ventana dentro del catamaran con cuatro cuartos. El momento fue especial. Habían nubes que parecían pinceladas. Las nubes siempre hacen los amaneceres y los atardeceres más lindos. Para mi. Porque las nubes dejan de ser blancas y toman colores que deben haber inspirado a miles artistas. Las nubes se van transformando de color y el sol se hace cada vez más presente, cada vez más fuerte, por esa ventana de veinte centímetros en el lado derecho de la proa del barco.

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Despertarme y tomar el desayuno mirando el mar, navegando, con algunas islas que aparecen sin anticipación a los costados o con la transparencia del mar abierto en todos los ángulos. El ruido del motor se hace parte de la naturaleza. Pienso cuánto mal hace el motor al agua tan limpia, tan transparente y ni hablar de los animales y plantas que habitan allí. Imagino como la nafta, el petróleo elaborado, se van esparciendo por esas aguas que dan lugar a una vida marina que desconozco y me intriga cada vez más. Cómo ese material creado por el hombre contamina, lastima y mata. Y al mismo tiempo cómo ese material me permite conocer, descubrir lugares que de otra manera serían imposibles de conocer. También pienso que los motores de los barcos contaminan el agua de igual manera que los autos contaminan el aire del planeta. Pero no se por qué siempre tuve más compasión por la vida marina que la vida terrestre. Algo que me dice que debemos protegerla.

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Me adentro cada vez más en el mundo marino. Me sumerjo, floto, busco llegar al fondo y exploro. Me imagino la vida de esos pececitos que veo. No se ponen alarmas. No van a trabajar. No corren por calles llenas de gente ni se encierran en una oficina. Tampoco discuten por estupideces. Cuando tienen hambre salen a buscar a su presa y a veces tienen que escaparse de los que se los quieren comer. ¿Se hablan? ¿Se enamoran? Hay cosas que no se de la vida marina. Muchas cosas. Sólo escribo lo que veo de unas pocas horas que paso abajo del agua y que mi ritmo cardíaco tolera las respiraciones que hago con el snorkel. Los peces no conocen nuestro mundo y nosotros sí el de ellos. No se si por completo pero seguro más de lo que ellos conocen el nuestro. Nuestro mundo loco.

Si viviésemos la vida de los peces… Nos despertaríamos con la luz del sol, comeríamos cuando tengamos hambre, no trabajaríamos, no existirían las peleas por dinero, ni por chicas y chicos. No habrían guerras. Habría paz. Paz y armonía. Viviríamos unidos, como si todos fuésemos parte de lo mismo: de la vida marina. Y sin embargo, nosotros, pudiendo vivir así, hacemos guerras, corremos al trabajo, discutimos por cosas sin importancia, nos maltratamos y a veces nos odiamos. Pero nos amamos. Yo no se si los peces se aman, si conocen el amor como nosotros.  Si lloran cuando un ser querido se va o si ríen a carcajadas con el amor de su vida. Si caminan agarrados de la mano. Si comen helados y toman cervezas mirando el atardecer. Si tienen una mamá que los cuida como a su propia vida y un papá que es un ejemplo a seguir. Si tienen hermanos con quienes crecer acompañados o amigos para compartir toda la vida. Yo no se nada de todo eso. Pero sí se que eso es lo que me hace amar ser humano y por lo que no me convertiría en pez. Y también sé que la vida de los peces es posible en la Tierra si todos reconociéramos la fuerza más importante de todas: el amor.

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El movimiento constante del catamaran con las olas. Algo parecido a estar en una hamaca paraguaya. Que nos pone a todos en estado de relajación. Estado que hace que pueda estar acostada por horas en la red bajo el sol, sintiendo la brisa generada por la velocidad del barco por todo mi cuerpo, pero sin dormirme. Estado que por momentos me hace sentir en otra dimensión. Abro los ojos para reconocer el lugar donde me encuentro. Para grabarlo en mi memoria para siempre. Saco algunas fotos con las cuales a mi retorno deseo pegar en un libro o enmarcar en las paredes de mi casa. Sin tenerlas guardadas en nubes electrónicas o espacios de memoria que se acaban y se pierden. Quiero guardar estos recuerdos que rebalsan mi mente en algún lugar donde los pueda buscar cuando quiera y en un lugar donde estén siempre disponibles. Que me transmitan al menos un poco de lo que estoy sintiendo ahora. También escribo estas palabras para que queden registradas en algún lugar de mi casilla de correos y venirlas a buscar cuando las recuerde sin nitidez o cuando las vuelva a encontrar algún día lejano o cuando las quiera compartir con alguien especial.

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Encuentro ahora, en mi re-lectura, que parecen casi palabras sueltas. Como aquellas que pierden valor en su narración al no hacer justicia del momento real. Quizás sea sólo esto. Un momento que opté por detener y continuarlo le haría perder su intensidad. Un instante detenido el letras que algún día quise compartir. Sin reglas. Sin principio ni fin. Sólo esto.

Mi querida Islandia

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Mi querida Islandia,
Islandia de los amores,
De los recuerdos y las más profundas emociones.
Islandia, aquella Tierra donde los contrastes se vuelven inseparables
Tierra de inagotable inspiración
Y de enriquecedora energía.

Mi Tierra,
De las más bellas fotografías
Y refrescantes Thule.

Islandia de los colores,
Del color del frío sobre sus montañas
Dando lugar a embriagadoras luces danzantes
Creando el más bello espectáculo de gases que creí jamás cierto,
Será que el pecado de San Tomás se ha traspolado hacia mi ser.

La Tierra del fuego y del hielo
De los vapores ebullendo por los aires
Salpicando a los transeúntes al rededor,
De los pequeños glaciares
Endureciendo los mares que rodean su isla.

Islandia, irremediable nostalgia,
Mi Tierra que espero y me espera a mi regreso.

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