Escapar para adentro

Resquicios de enojo se apoderan de mi mente cuando escucho a la gente decir “los que viajan se escapan”.

Cuánto desacuerdo en aquellos pensamientos y aquellas frases que poco tienen originalidad. No quiero aquí hacer una crítica a aquellos comentarios negativos y despectivos; sino más bien describir algunos de mis pensamientos acompañados de las impactantes emociones que me llevaron a mi a un viaje que se ha ganado todos los premios y el más importante de todos.

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Mi 2014, hasta aquel momento, lo consideré uno de los años más lindos de mi vida. Adjudiqué una gran parte de mi tiempo a mi conocimiento personal, adquirí herramientas para enfrentar la vida (con sus cosas buenas y sus cosas malas) de una manera en la cual nunca la había visto posible. Fortalecí todas y cada una de mis relaciones personales con ataduras de metal irrompibles e inoxidables. Hoy, cuento con las personas que quiero para lo que quiero y cuando quiero. Quizás no sean tantas como cuando chica me lo imaginaba pero desde ese momento até corazones que siguen unidos y sé que no se separarán jamás.

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Ese año me enamoré, me reí a carcajadas, lloré hasta quedarme sin más lágrimas, me recibí con un título tan grande que ni hoy, con mi pequeñez, siento portadora del mismo, caminé de la mano de personas admirables, tuve las conversaciones más irracionales de mi vida, me enfrenté a mis peores miedos y los atravesé sabiendo que del otro lado me esperaba el reconocimiento más grande y el sentimiento más puro, conocí mi alma, mi corazón, mi cuerpo y mi mente como creí imposible, y lo conocí con un amor indeleble y eterno. Aprendí más que lo que me pudieron haber enseñado 12 años de colegio y 5 de Universidad. En fin, viví sin sobrevivir, amé sin miedo, lloré sin vergüenza, reí con el corazón entero, abracé con el alma, fracasé, me caí, me tropecé, volví a llorar, volví a reir, disfruté cada momento como si fuese el último. Pero viví. Porque por un momento, que duró para siempre, entendí que mi vida podía acabar tan pronto como ocurre un pestañeo de párpados. Porque entendí que cada segundo cuenta y que mi alma tal vez lo sea pero mi cuerpo no es eterno y mi vida, ésta vida, no va a durar para siempre.

Y fue en éste momento, entre medio de todas estas emociones, inmersa en todos estos pensamientos, envuelta en todas estas vivencias amalgamadas, que algo de mí tomó la decisión de irse. De hacer un viaje sin fecha de retorno hacia las Europas al año siguiente.

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¿Me escapé? ¿A qué? ¿A mi vida plena? ¿A la consciencia con la cual estaba viviendo mi vida? ¿Al amor insaciable que sentía a cada segundo por mi vida y la de los otros? ¿A las alegrías? ¿A las tristezas? ¿A los fracasos? ¿A los éxitos? ¿A las lágrimas? ¿A las risas?

No lo sé. Pero créanme que a lo largo del 2014 lloré más que en toda mi vida, que reí como nunca, que sentí la soledad más profunda, que viví mis emociones como si fuese la primera vez, como cuando Wendy descubre el País de Nunca Jamás, como un niño que descubre las magias del mundo o un surfer que agarra la ola más grande del océano. No sé si me escapé o no me escapé, pero seguro todo esto que viví me lo llevé conmigo. Porque seguí viviendo, seguí abrazando aquella soledad desesperante, seguí llorando aún más, riendo hasta no poder más, fracasando en cosas todavía más grandes, disfrutando de éxitos mayores, pero sobretodo, amando sin cansarme. Porque quizás en el 2014 lo empecé a descubrir pero en el viaje lo comprobé: el amor es la fuerza más grande de todas y es el motor de mi vida y la de cada uno. Amor por mi, por mi cuerpo, mi mente y mis emociones, por los otros, sus cuerpos, sus mentes y sus emociones, por las cosas, por la naturaleza, por las experiencias, por los pasos, por las vistas, por los sonidos, por los sabores, por todos y todo, AMOR POR LA VIDA.

Entonces no se si diría “me escapé”, sino todo lo contrario, me encontré, me seguí encontrando, me seguí descubriendo, me seguí desafiando, me seguí enfrentando, seguí sola, cumplí sueños que creí imposibles, adquirí confianza, hice amigos inolvidables, conocí lugares que me sacaron lágrimas de emoción y viví experiencias que me dejaron sin aliento.

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Quizás hayan personas que quieran viajar para escaparse de sus realidades pero eso está dentro de cada uno. Y quizás aquellas personas necesiten irse para encontrar algo más grande dentro suyo y en su lugar no lo encuentran. Asique soltémolos, dejémolos ir, que crezcan afuera para crecer por dentro. O quizás simplemente necesiten estar afuera porque adentro quema y en algún momento, por alguna circunstancia que hoy desconocemos, la vida los hará entrar. Porque no morimos si no estamos con nosotros mismos. Y es el ciclo de la vida que, la misma, eventualmente se termina. Al menos ésta vida.

No hubiese comprendido tantas cosas si mi viaje no se hubiese efectuado. Hoy, el 2015 lo considero el mejor año de mi vida, y si tuviese que volver a vivir, lo volvería a hacer, porque lo que me dejó es una estampa en todo mi cuerpo, por dentro y por fuera, de un crecimiento y un aprendizaje que no olvidaré jamás. Un premio por amar la vida.

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Una utopía en efecto

Los comienzos suelen ser mi mayor dificultad. A veces comienzo por uno o varios desconciertos que sorprenden mi vida; y otras veces, como ahora, el preludio no es más que pensamientos aleatorios que poco tienen que ver con el desenlace.

Con mis pensamientos fluyendo, las ideas se esclarecen y las palabras se enriquecen. Pero sin haber iniciado el relato, me acechan los monstruos que me invaden antes de cada comienzo. Y esta vez, la narración no es más que un homenaje excluyente a quien escribe sino perteneciente a dos semejantes a quienes considero musas. Sin embargo, no encuentro la forma ni las expresiones que hagan justicia a dichas musas.

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Atardeceres en el Este me inspiran ésta vez como origen de un lugar que alguna vez fue un sueño y hoy se hizo realidad. Emana de éstas musas una dicha inagotable y pura. No se de dónde proviene ni hacia donde va pero se respira y se siente presente. Una caricia en el corazón, un mensaje esperanzador y una inspiración inmensurable protagonizan las fuentes de esta creación. Me atrevo a realizar una conmemoración a la unión entre ambas, hábiles soñadoras de esta realidad que algún día fue indefinida. Fuerzas fundamentales complementarias en continua transformación. Amor, pasión y perseverancia como accionistas de una utopía que parecía irrealizable.

Ejemplos emprendedores, incansables soñadores, irremediables deseos al acecho del presente que acaece. Profunda admiración para éste equipo que recrea. Recrea un sinfín de sueños, unidos por un hilo que llega al Cielo y desciende en proliferación. Una evolución sin límites se manifiesta en lo que un día fue un “café” y hoy, desconciertos están los paladares de los consumidores por los épicos sabores exhibidos y por la sublimidad del lugar en su conjunto.

El insomnio me acecha y, además del prójimo y un pedazo de mi corazón olvidado por allí, en lo único que pienso es en Amoreira sonriendo.

¡Gracias y un brindis para vos!

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Cuando la nada lo es todo

Hace años veo fotos, leo revistas, escucho comentarios de gente que fue al desierto y siempre fue un destino que me atrajo inmensamente, por el simple hecho de estar en la nada. Mis expectativas son grandes, pero las mismas, son raras, porque lo que me espero es NADA. Kilómetros y kilómetros de arena y nada.

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Diez horas de paisajes me hacen sentir que nos alejamos cada vez más de lo que podría llegar a ser el desierto. Montañas con diferentes alturas colmadas de árboles de distintos tipos. Lagunas. Hectáreas de palmeras. Ciudades. Pueblos construidos de arena. Hasta que de repente, NADA. Arena a mi derecha, arena a mi izquierda y una ruta de asfalto que divide las dos arenas. Un cielo azul con nubes blancas le dan color a este beige monótono. Parece aburrido pero ¡qué bien se siente!

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Nos trepamos a los dromedarios y empezamos a andar. La ruta se aleja, los sonidos se dispersan, la calma es cada vez mayor, las respiraciones cada vez más profundas y el aire más puro. El sol empieza a bajar dando lugar a uno de mis espectáculos diarios preferidos. Un sol redondo fuerte se esconde detrás de las dunas de arena y la oscuridad nos envuelve paulatinamente. Por el lado opuesto se asoma la luna, un disco redondo brillante, plateado. Esta es la nada que quería. Una nada que no es nada sino todo. Espectáculos de la naturaleza ocurriendo en simultáneo envueltos en un silencio indescriptible.

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Al día siguiente otro espectáculo. Como un amanecer de sol y un atardecer de luna. Una explosión para mis ojos. Mi cabeza dá vueltas como cuando miro un partido de tenis en vivo. No me quiero perder ningún segundo de ninguno de los momentos. No puedo elegir. Ni uno ni lo otro sino ambos. Acontecimiento que probablemente sea la primera y última vez en vivenciar. Y éste que me divide en dos. Efeméride por la cual quisiera detener el tiempo, clavar una carpa en el medio de la nada y disfrutar de esta calma, de esta paz que invade mi cuerpo y mi alma por completo.

Las conversaciones que acaecen, tomando té, comiendo tajine y mirando la luna desde la cima de una duna se vuelven indelebles. Una profundidad que ilumina. Una simpleza que me hace crecer. Una sinceridad que emociona. Una noche intranscribible, una noche para recordar el resto de mi vida.

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Y así es como a lo largo de este viaje personas entran y salen de mi vida. Algunas más significativas que otras pero todas inolvidables. Personas que llevaré para siempre en mi memoria y que se han robado una parte de mi corazón. Voy dejando pedacitos de mi corazón por el mundo, esparciendo amor por donde vayan. Lo mínimo que puedo hacer para devolver todo lo que recibo a lo largo de esta historia que amo con fervor y me atrevo a llamar vida.

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