Cuando la nada lo es todo

Hace años veo fotos, leo revistas, escucho comentarios de gente que fue al desierto y siempre fue un destino que me atrajo inmensamente, por el simple hecho de estar en la nada. Mis expectativas son grandes, pero las mismas, son raras, porque lo que me espero es NADA. Kilómetros y kilómetros de arena y nada.

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Diez horas de paisajes me hacen sentir que nos alejamos cada vez más de lo que podría llegar a ser el desierto. Montañas con diferentes alturas colmadas de árboles de distintos tipos. Lagunas. Hectáreas de palmeras. Ciudades. Pueblos construidos de arena. Hasta que de repente, NADA. Arena a mi derecha, arena a mi izquierda y una ruta de asfalto que divide las dos arenas. Un cielo azul con nubes blancas le dan color a este beige monótono. Parece aburrido pero ¡qué bien se siente!

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Nos trepamos a los dromedarios y empezamos a andar. La ruta se aleja, los sonidos se dispersan, la calma es cada vez mayor, las respiraciones cada vez más profundas y el aire más puro. El sol empieza a bajar dando lugar a uno de mis espectáculos diarios preferidos. Un sol redondo fuerte se esconde detrás de las dunas de arena y la oscuridad nos envuelve paulatinamente. Por el lado opuesto se asoma la luna, un disco redondo brillante, plateado. Esta es la nada que quería. Una nada que no es nada sino todo. Espectáculos de la naturaleza ocurriendo en simultáneo envueltos en un silencio indescriptible.

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Al día siguiente otro espectáculo. Como un amanecer de sol y un atardecer de luna. Una explosión para mis ojos. Mi cabeza dá vueltas como cuando miro un partido de tenis en vivo. No me quiero perder ningún segundo de ninguno de los momentos. No puedo elegir. Ni uno ni lo otro sino ambos. Acontecimiento que probablemente sea la primera y última vez en vivenciar. Y éste que me divide en dos. Efeméride por la cual quisiera detener el tiempo, clavar una carpa en el medio de la nada y disfrutar de esta calma, de esta paz que invade mi cuerpo y mi alma por completo.

Las conversaciones que acaecen, tomando té, comiendo tajine y mirando la luna desde la cima de una duna se vuelven indelebles. Una profundidad que ilumina. Una simpleza que me hace crecer. Una sinceridad que emociona. Una noche intranscribible, una noche para recordar el resto de mi vida.

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Y así es como a lo largo de este viaje personas entran y salen de mi vida. Algunas más significativas que otras pero todas inolvidables. Personas que llevaré para siempre en mi memoria y que se han robado una parte de mi corazón. Voy dejando pedacitos de mi corazón por el mundo, esparciendo amor por donde vayan. Lo mínimo que puedo hacer para devolver todo lo que recibo a lo largo de esta historia que amo con fervor y me atrevo a llamar vida.

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